lunes, 15 de agosto de 2016

¿Qué hacemos en Río 2016?




Hay tanto que analizar sobre la actuación de la delegación venezolana en Río 2016 que es difícil escoger un tópico para especificar. Trataré de hacer algunas consideraciones que espero no resulten aburridas para ustedes, quienes muy cortésmente se toman un tiempo para leer estas líneas.

De entrada debo decir que estoy plenamente de acuerdo cuando se denomina a nuestro contingente deportivo como “Generación  de oro”. Esta afirmación no la hago por plegarme a quienes utilizan el término como un eufemismo que sólo esconde su terrible desconocimiento sobre las formas en las que el deporte federado debe ser conducido, ni para mantener un cargo del cual pudiese ser incapaz cumplir eficientemente (y créanme, en esas altas esferas del deporte federado nacional hay contada cantidad de personas incompetentes en puestos claves a quienes sólo les interesa ponerse la indumentaria, aparecer en las cámaras con un discurso despreciable y adular por redes sociales); la hago porque cuando analizo las inconsistencias con las que se entrenan nuestros atletas de alto nivel para llegar a un campeonato mundial o una olimpiada, no tengo duda en afirmar que son una Generación de Oro. Sobre este tema podré profundizar en un próximo artículo, porque ¡Vaya que hay cosas que decir sobre la preparación para Río 2016!


El término “Generación de Oro” fue empleado con mayor insistencia públicamente por ahí por el año 2003. En ese momento, el presidente Hugo Chávez utilizó ese calificativo para resaltar la actuación de la delegación vinotinto en los Juegos Panamericanos de Santo Domingo (64 medallas: 16 de oro, 21 de plata, 27 de bronce, ¡sexta posición en el medallero!), performance que, con mucha nostalgia  recuerdo, le permitió a los nuestros superar a países como Argentina y Colombia. Tras la brillante actuación, Chávez se comprometió a desarrollar las bases para aprovechar el envión de Santo Domingo para los olímpicos de Atenas 2004 y para cimentar los pilares de un sistema que contribuyese a que en Beijing 2008 y en 2012 (Juegos que se desconocía que se realizarían en Londres) Venezuela contase con una estructura que le permitiera aspirar a alcanzar medallas en competencias internacionales; el plan era convertirnos en una “potencia deportiva”. “La proyección es para que alcancemos resultados en los próximos 3 ciclos olímpicos” dirían repetitivamente los ministros de deporte que se apegaron a la idea futurista.

Lamentablemente para nuestro deporte, esa aspiración de Chávez y la de los atletas que sintieron que finalmente un Presidente de la República se preocupaba por ellos no se cumplió. En las siguientes dos olimpiadas Venezuela decayó en su cosecha de medallas (2 de bronce en Atenas, 1 de Bronce en Pekín y 1 de oro en Londrés) y pasó a estar detrás de Argentina, a quien habíamos alcanzado y por momentos superado, y especialmente Colombia, quien siempre estuvo detrás nuestro. La actuación va más allá de la fría medida de la obtención de medallas; mucho valor cualitativo se vio reflejado en los siguientes ciclos olímpicos.

Hago este recuento para no pecar en aquello de “la falta de memoria” de aquellos que analizan la actuación de Venezuela en una competencia del ciclo olímpico y además para poder contextualizar mi argumentación en las siguientes líneas.

¿Cantidad igual a calidad?

Venezuela asistió a Río 2016 con 86 atletas, la segunda delegación más numerosa de su historia, sólo superada por la de Beijing en 2008 cuando acudió con 109 competidores. Al darse la ceremonia inaugural en el Maracaná, escribí en mi cuenta de instagram que en mi opinión debíamos ser cautelosos para entender el rendimiento de nuestra representación, sin embelesarse con maniqueos por el número 86 (cosa que con repugnancia muchos hicieron por un vil interés político jugando una vez más con las ilusiones de la gente) ni tampoco entrar en descalificativos ni pesimismos malsanos que perseguían la simple intención de descalificar al gobierno nacional y mucho peor, a algunos de nuestros deportistas. La pregunta, a mi modo de ver las cosas, era ¿para qué fuimos a Río Janeiro? ¿para competir y ganar medallas?, ¿para sumar experiencia y bagaje para los próximos Juegos  de Tokio?, ¿para buscar Diplomas Olímpicos?, o ¿simplemente por ir y decir que llevamos 86 atletas?

Si lo que se buscó es sumar roce internacional, creo que debemos estar optimistas. Con su tremenda actuación en la final del Salto Triple, lo que le valió la medalla de plata, Yulimar Rojas encabeza un grupo de promisorio futuro con nombres como Carlos Claverie, Robeilys Peinado (quien se vio perjudicada por esa bendita lesión), Víctor Rodríguez, etc. Ellos nos pueden hacer sentir esperanzados para empezar a cosechar preseas. Son atletas muy jóvenes que has destacado a su nivel en sus respectivas competencias juveniles. Son campeones y subcampeones mundiales juveniles, lo que demuestra que tienen las condiciones para estar en la élite del deporte mundial. Dependiendo del trabajo que se realice con ellos, podemos contar con actuaciones muy buenas en los próximos dos ciclos olímpicos.

Ahora bien, si la meta era obtener medallas es momento de topar con la misma piedra que parece una maldición eterna en el deporte nacional: la falta de trabajo planificado y bien dirigido durante el ciclo olímpico. El desarrollo de esta idea lo realizaré en un siguiente análisis, pero por ahora me limitaré a decir que cuando se cambian 4 Ministros de Deporte durante los 4 años del ciclo olímpico, no se pueden esperar los mejores resultados, especialmente cuando varios de estos ministros entraron en discordancias públicas con el Comité Olímpico Venezolano. En este sentido, aparto por un momento la emocionante plateada obtenida por Yulimar Rojas en el Salto Triple con ese 14.98, no por aminorarla, sino porque requiere un análisis aparte por su grandeza, significación y su carácter extraordinario!




¿Medalla o Diploma?
Existen quienes muy respetablemente piensan que a las olimpiadas se va a ganar medallas, no diplomas; las medallas se recuerdan en la historia, los diplomas no. En lo personal nunca he estado de acuerdo con esa afirmación. Para un atleta, ganar un Diploma Olímpico puede ser muy valioso, en especial si sabe que está en inferioridad en relación a aquellos verdaderos “asesinos” en su deporte; si no me creen, vean la reacción de Jéssica López luego de su magnífica actuación en las barras asímetricas en la final del All Around de la Gimnasia Artística, lo que le llevó a ubicarse en el séptimo lugar del mundo y por lo tanto, obtener su segundo Diploma. López sabía  que no estaba al nivel de las dos norteamericanas y la rusa que se llevaron las preseas, pero su satisfacción era más que evidente.


Recuerdo que al hablar con Albert Bravo tras la obtención de su Diploma por llegar a la semifinal de los 400 metros planos en Londres me comentaba “significa mucho para mí, especialmente porque era mi primera actuación en olimpiadas; el diploma me indica que debo seguir trabajando, es un estímulo, y aunque uno busca la medalla, tener ese diploma es realmente especial”. Era la primera actuación de Bravo en Olimpiadas, y decir que su Diploma no vale nada porque no es una medalla, me parece injusto con el esfuerzo que el atleta realiza.

Caso contrario ocurre con equipos como el esgrima. ¡Oh la esgrima...! Disciplina que se convirtió en la vedette de nuestro deporte luego de la medalla de oro de Rubén Limardo en Londrés 2012. Pecaría yo un poco en la superficialidad al valorar como “buena o mala” la actuación los Limardo, Fernández, Benítez y compañía, pero más allá de eso pienso que con la esgrima  se aplica aquello de “lo que pudo ser y no fue”. De este deporte siempre esperamos más y siempre terminamos desilusionados, no sólo en Río, sino en Atenas, Beijing y Londres.

Para la cita de “la cuna del olimpo” y especialmente en “la ciudad prohibida”, Silvio Fernández llegaba como No. 1 del mundo. En la primera llegó a cuartos de final y en la segunda (cuando contaba con una racha de casi 20 combates ganados de manera consecutiva) cayó en primera ronda; Alejandra Benitez, venía de ser campeona panamericana y lo máximo que alcanzó fue un Diploma Olímpico en tierra asiática. Rubén Limardo era relegado a un segundo plano y pocos hablaban suyo con insistencia, algo parecido a lo que ocurre hoy en día con su hermano Francisco.

De las competencias por equipos ni hablar; en Río el masculino alcanzó el Diploma, pero al igual que en las tres competencias previas, esta generación de esgrimistas en su máximo potencial nunca consiguió lo que se esperaba de ellos. Para ellos, un Diploma Olímpico, créanlo, no tiene nada de consolación.




Podremos seguir tocando otras disciplinas, pero por ahora y para culminar este escrito me puntualizo en el hecho de que mientras no tengamos claras  nuestras intenciones al acudir a una cita del ciclo olímpico (Bolivarianos, Suramericanos, Centroamericanos, Panamericanos, Mundiales y Juegos Olímpicos) los eufemismos como “generación  de oro” va a tener un efecto boomerang en nuestro país. No basta con que el Ministro de Deporte ni el Presidente del COV no asomen una proyección en cantidad de medallas (dados nuestros procesos sería una quimera anunciar un número); se podrán ocultar todas las realidades, hasta cierto punto uno lo entiende: no quieres anunciar públicamente unas espectativas que no estás seguro de cumplir, total, el prestigio público cuenta.

En lo personal lo que me deja con cierta molestia es que hasta esta fecha y cuando se ha desarrollado el 60% de los juegos olímpicos la ya golpeada autoestima del venezolano sufre un nuevo desaire al ver que nuestra “generación  de oro” no sólo no ha alcanzado una medalla en Río 2016, sino que salvo algunas excepciones, nuestras principales esperanzas (o al menos los más promocionados) no estuvieron ni cerca de estar en una final o de siquiera aspirar a alcanzar una.

Creo que la ilusión sería más creíble si le dijéramos a la gente que hay atletas que van a este tipo de competencias a sumar experiencia, buscando nutrir su proceso de crecimiento proyectándose para otros ciclos; pero también debemos enfatizar cuando hayan esperanzas para llegar lejos (Limardo, Maestre, Hernández, etc.) sin temor a que si fallan ellos, se evidenciaría un efecto dominó. En el deporte la derrota es válida, nadie dice que Novak Djokovic fue un desastre por haber perdido en primera ronda del tenis con el argentino Del Potro. Cuando entendamos que el deporte es un medio y que podemos hacer mucho con él dejando a un lado los miedos por la manipulación política, veremos mejores resultados y una mejor valoración de la gente allá afuera.

Hasta el momento hemos logrado 5 Diplomas Olímpicos y escucho con preocupación endulzada por la empatía del caso, cómo ciertos colegas por televisión nacional anuncian por todo lo alto la obtención de cada uno de ellos. Recuerdo las palabras de Alberth Bravo y la reacción de Jessica López y créanme que celebro por nuestros deportistas, de verdad lo merecen… pero como periodista y a los colegas que suben los decibelios anunciando un Diploma Olímpico no puedo evitar preguntarles ¿nos conformamos con eso? ¿Vamos a los Juegos Olímpicos a obtener Diplomas? ¿Llegará el momento en el que le hablemos a la ciudadanía con una postura más equilibrada y menos proselitista? Dudas que le surgen a uno…




Angel T. Bracho C.
En colaboración para VE Los Espectadores
Tw: @AngelBracho

Ig: @AngelBracho25

martes, 9 de agosto de 2016

El deportista venezolano 2.0: ¿Puede con el reto?






En cualquier parte del mundo los deportistas élite son una especie venerable. Desde los tiempos de la antigua Grecia, y un tanto más acá, para el resto del mundo conectar casual o causalmente con esta especie de ídolo atlético era casi un logro que podía ser contado de generación en generación.

Los deportistas eran deportistas y el resto era el resto (aquí incluyo a los periodistas) y todo se remitía a alguna foto en el estadio, alguna camiseta firmada o un estrechar de mano al salir al terreno de juego. Todo iba bien hasta que nos mudamos con ellos al monte Olimpo.

La fecha ni la historia exacta vienen al caso en este artículo, pero desde que el mundo empezó a ser 2.0 en el que todos escribimos y todos leemos las historias  ajenas sin importar la distancia ni condición y sólo limitándonos por condicionamientos tecnológicos el deportista pasó a ser una simple cifra entre los “seguidos” de Instagram, Twitter o “Amigo” en Facebook o cualquier otra red.

El otrora ídolo y, dios nos cuide, hasta ejemplo de juventudes entró en la misma bolsa en la que metemos a la tía con celular Android subutilizado, al que no deja de postear fotos de comida, o a la actriz porno que nos gusta increíblemente. Es cierto, cada extremo es malo, pero lo peor es cuando el que entra en la bolsa o el que es dueño de la misma NO (así en mayúsculas) define su rol… y aquí empiezan los problemas.

En Venezuela los ejemplos sobran. El más reciente sucedió hace horas durante los Juegos Olímpicos de Río 2016 cuando Yanel Pinto salió en defensa de su hermana, la atleta olímpica Andreína Pinto, descargando sobre un crítico de oficio que sin tener el mayor criterio (y mucho menos influencia) aludió a su hermana a través de un comentario. El tema es que la mayor de las hermanas, siendo también atleta, explotó humanamente hablando y le dio minutos de fama a alguien que no lo merecía y en su contraparte desnudó que su apariencia dulce, amable, motivadora, emprendedora, modelo, hermosa, es realmente una fiera dispuesta a entrabarse con cualquiera ante miles de personas por una red social.

¡Está claro… pierden todos!



Otro caso es el de la esgrimista Alejandra Benítez, otro símbolo de éxito deportivo que ha sido injustamente motivo de polaridad por su tendencia política a favor del partido de gobierno.

Benítez fue Ministra del Deporte y hasta diputada de la Asamblea Nacional, pero como la diplomacia no viene (como decían en mis tiempos) en una “cajita de ACE” la diva participó sin éxito en Río 2016 perdiendo en la pista de Esgrima, pero ganando en discusiones “sociales” no siendo la primera vez que cae en este tipo de pujas.
Está claro que a ella no le importa estar polarizada, pues cada vez que responde es más leña para el fuego.



Por supuesto habrá atletas que se manejan, o que son manejados, mucho mejor en este aspecto. Sin ir muy atrás creo que ningún deportista en la historia venezolana fue más criticado que el ex piloto de Fórmula 1, Pastor Maldonado, quien durante su estadía en el máximo circuito recibía más atención cada domingo que la religión, la familia, o cualquier otro evento. “Imagina que consigues dejar atrás todos los comentarios que hace la gente. Es imposible (…) Claro, hay algunos comentarios que no me gustan, pero no puedo hacer nada”, dijo en 2015 el piloto a la revista Autosport.
Hoy Maldonado es comentarista de la Cadena FOX.

Hace menos de un mes el NBA Greivis Vásquez utilizó todos los recursos comunicacionales de las personas que lo manejan para dar a conocer que no iría a los Juegos Olímpicos con el equipo nacional. Su reacción desató todo tipo de opiniones, pero lo bien llevado de la situación diluyó cualquier polémica y todo acabó tan rápido como se olvida cada tuit (los expertos hablan de poco más de 30 segundos).
Después de las primeras dos derrotas de la selección nacional de Basketball la opinión generalizada es: “hace falta Greivis”, o “si Greivis estuviera no…”.

También estamos claros que no todo deportista puede tener detrás un aparataje comunicacional, siendo igualmente peligrosos aquellos que por inocentes se arriesgan a que los nuevos “expertos” del marketing deportivo y redes sociales manejen su imagen y opiniones, algo bastante común y abundante cuando una actividad es nueva y de tanta exposición. Tal como ha sucedido, sucede y sucederá a esos “piratas” la historia se encargará de llevárselos y sólo quedarán los verdaderamente preparados para ello.

Por ello, el fin último de estas líneas es hacer un simple ejercicio que podría cambiar muchas cosas y para ello no hay que “bajar” ninguna aplicación. Cuando toque escribir algún tuit, postear una foto, vídeo, responder una interacción o enviar un mensaje antes debemos preguntarnos:

-       ¿Estoy listo para lo que viene después?

No sólo resulta una práctica lógica, ciudadana y hasta humana, sino que guarda un lugar dentro de la coherencia tan perdida y extrañada hoy día entre algunas figuras públicas, y aquí se incluye a los deportistas.


Es una simple pregunta, no importa si eres juez o “villano”… RECUERDA QUE TODOS ESTAMOS EN LA MISMA BOLSA. 



Por: Ernesto Vera @ernestovera
Para "Los Espectadores" @veespectadores
09/08/2016